Artículos de opinión

“Tengo en mis ojos el momento cuando capturaron a mi esposo”

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Por Gladys Tzul Tzul

Esa fue una de las frases que el 25 de febrero de 2016 mencionó una de las mujer q’eqchi, querellante, como manera de pedir una sentencia condenatoria. Las palabras pueden englobar la fuerza de la lucha que 15 mujeres q’eqchie’s han sostenido en el juicio conocido como el caso Sepur Zarco; juicio en el que demandan justicia y resarcimiento por los delitos de violación, esclavización sexual, asesinato y desaparición forzada. Sentados en el banquillo de los acusados se encuentran el coronel Esteelmer Reyes Girón y Hedilberto Valdez Asig, a quienes las mujeres demandantes han reconocido y señalado como actores materiales por la desaparición de sus hijos y sus esposos; como perpetradores de violación y esclavitud sexual y domética. Estamos en la fase final y mañana 26 de febrero se ha programado la lectura de sentencia.

Es relevante destacar que en un tribunal nacional guatemalteco se conozcan y se juzguen este tipo de delitos. Seguramente este juicio habilitará una serie de procesos de juzgamientos futuros. Sin embargo en este texto convoco a pensar más allá de lo que se considera válido o relevante para fines jurídicos en los tribunales. Si vemos más allá de los tribunales podremos esbozar explicaciones de lo que ocurrió en la guerra que produjo el genocidio guatemalteco. Por ejemplo si vemos así: el objetivo de la guerra fue aplacar las luchas comunales para despojar de territorio a las comunidades y uno de los puntos centrales para lograrlo fue mediante la esclavización sexual y el sometimiento del cuerpo de las mujeres.

También es interesante notar que los dos acusados no negaron ni la desaparición forzada, ni la violación y la esclavitud sexual, en sus palabras –que no tenían valor declaratorios- dijeron “yo no estuve ahí” lo cual deja espacio a que otros militares sean llevados a juicio, pero también dan veracidad de los testimonios de las mujeres las versiones de los testigos y los peritos. Con tan sólo un par de testimonios se devela la forma del funcionamiento de la guerra: “Cuando nos violaban, nos ponían una arma en el percho y nos decía en vez de patrullar tenés que hacer esto”, “Nos obligaban a cocinar y a lavar la ropa”. Ambos testimonios nos presentan la manera de cómo funcionó la guerra y de la vital importancia del sometimiento del cuerpo de las mujeres.

Las declaraciones de estas mujeres amplían nuestra comprensión sobre el prolongado despojo de tierras en la guerra: “nuestros hijos no tienen donde vivir, no tienen donde cultivar” Estas palabras, además de denunciar actos de 1980 alcanzan a la situación actual donde la minería y los proyectos geotérmicos e hidroeléctricos que se quieren imponer en los territorios indígena, marcan una ola de ofensiva contra los territorios indígenas. En Guatemala donde los muertos aún está por encontrarse por debajo de la tierra. Las palabras de las mujeres de Sepur Zarco nos alertan y nos dan esperanza.

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Violación y violencia sexual contra las mujeres mayas y xinkas: crimen de Estado

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Por: Francisca Gómez Grijalva[1].

En Guatemala, históricamente se han invisibilizado y silenciado la violación y la violencia sexual contra la mujeres. Esa violencia patriarcal racista, sexista y clasista que se ha practicado y se practica con impunidad contra las mujeres y niñas, pero afecta más a las mujeres y niñas mayas y xinkas. Tal como analiza la científica social Carmen Reina:

“cuando se habla de la violencia sexual y sobre los cuerpos [yo agrego de las mujeres mayas] es un continuum histórico, en Guatemala no se hace únicamente referencia a lo sucedido durante los 36 años que duró la guerra interna. Vale recordar que la violación de mujeres indígenas durante la colonia fue un proceso permanente de violencia, sometimiento y dominio y, fue de hecho, el origen del mestizaje[1].”

Por lo que las brutales violaciones sexuales cometidas por los invasores españoles contra las mujeres mayas y xinkas son constitutivas del Pueblo Ladino/mestizo guatemalteco. Por esa razón, sostengo que los Pueblos Maya, Ladino/mestizo, Xinka y Garífuna somos pueblos hermanos, compartimos en nuestras memorias colectivas historias de dolor y heridas coloniales que aún no cicatrizan.

La racialización y la sexualización de la violación y violencia sexual fueron dispositivos de dominación que los invasores utilizaron para segregar y jerarquizar la sociedad colonial. Fue así de agresiva esa política que hizo posible el afincamiento y legitimación del racismo, el sexismo y el clasismo estructural que configuró a nivel social, político, económico y jurídico el ejercicio desigual del poder entre hombres y mujeres en los espacios públicos y en el espacio privado.

La violencia sexual hacia las mujeres mayas se recrudeció de manera espantosa y perversa durante el conflicto armado interno en Guatemala ocurrido entre 1960-1996. En ese periodo sangriento, oscuro e impune de la historia guatemalteca la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, registró testimonios que muestran cómo el Estado guatemalteco a través del Ejército, recurrió a la violación sexual contra las mujeres mayas como arma de guerra para someter al Pueblo Maya.

La CEH pudo determinar que la violación sexual formó parte de una política contrainsurgente y como tal, fue una práctica generalizada, sistemática y masiva que respondió a una planificación y órdenes explícitas de los mandos superiores del Ejército y cometida por agentes del Estado guatemalteco con total impunidad: Ejército, Policía Nacional (PN), grupos paramilitares, entre otros. Esa política contrainsurgente llegó a constituirse en una verdadera arma de terror y vulneró gravemente los derechos humanos y el derecho internacional humanitario[2].

La Comisión para el Esclarecimiento Histórico pudo registrar 1,465 casos de violación sexual, gracias a las mujeres mayas sobrevivientes que se atrevieron a romper el silencio y compartieron su testimonio sobre el horror que vivieron a manos de los agentes del Estado de Guatemala durante el conflicto armado interno. De los testimonios registrados la CEH pudo determinar que el 88.7% de las víctimas de violación sexual son Maya K´iche´, Maya Q´anjob´al, Maya Mam, Maya Ixil, Maya Q´eqchi´, Maya Chuj y Maya Kaqchikel; el 10.3% son ladinas/mestizas y el 1% pertenecen a otros pueblos. En relación a la edad de las víctimas identificadas el 62% tenían entre 18 y 60 años, el 35% eran niñas cuyas edades oscilaban entre 0 y 17 años y el 3% eran adultas mayores.[3]

El mayor porcentaje de violaciones sexuales se concentran durante los años de 1980-1983. El periodo en que más violaciones sexuales se cometieron contra las mujeres mayas fue en el segundo semestre de 1982, cuando el Estado de Guatemala fue gobernado por el jefe de facto y general golpista José Efraín Ríos Montt. Si bien, la violencia sexual se mantuvo como práctica hasta el año de 1984. [4]

En muchos casos la violencia sexual, la tortura, tratos degradantes precedieron a las atroces masacres que se cometieron contra más de 626 comunidades mayas, y coincide con la Política de Tierra Arrasada que, en porcentajes afectó a los departamentos con mayoría de población maya. Las violaciones sexuales que fueron registradas por la CEH el 55% se cometieron en el departamento del Quiché, el 25% en Huehuetenango, el 7% en Alta Verapaz y el 3% en Chimaltenango y Baja Verapaz.[5]

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El hecho que la violación sexual afectó con mayor crueldad y dimensión a las mujeres mayas, devela nuevamente cómo el Estado de Guatemala recurrió a la política de la sexualización y racialización de la integridad física, la vida y la dignidad de las mujeres mayas. Las investigaciones de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, documentaron cómo de marzo 1982 a agosto de 1983, el gobierno de facto del entonces general José Efraín Ríos Montt, intensificó la Política de Tierra Arrasada que incluyó torturas, violaciones sexuales masivas, esclavitud sexual y doméstica, tratos crueles y degradantes, ejecuciones, masacres, militarización de las comunidades, destierro, así como secuestros y desapariciones forzadas.

Al conceptualizar al Pueblo Maya como “enemigo interno”, dentro de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN), se torturó física y psicológicamente a la población civil mayas desarmadas para instaurar terror y perturbación emocional para dar lecciones supuestamente “ejemplizantes”. Pero el fin último de ese plan, era el exterminio de las comunidades mayas contra quienes se puso en marcha la política de Tierra Arrasada, una política de muerte y destrucción humana. En tal sentido, difícilmente se puede negar que el Estado guatemalteco institucionalizara la violencia de género, la violencia racista y el clasismo contra las mujeres mayas y sus pueblos.

Como ha ocurrido en otros conflictos armados a nivel internacional, lo perversamente cruel de la DSN, es la forma en que el Estado guatemalteco a través del Ejército, la Policía Nacional, las patrullas de autodefensa civil (PAC), comisionados militares recurrió a la violación y violencia sexual como arma de guerra que afectó más a las mujeres mayas. Como analizaron las científicas sociales Amandine Fulchirone,, Olga Alicia Paz y Angélica López: “En el marco de la política contrainsurgente, las mujeres, mayoritariamente mayas, fueron víctimas de la violación y otras formas de violencia sexual por parte de agentes del Estado, de manera generalizada y sistemática.”[6]

En la investigación que realizaron con 54 mujeres maya Kaqchikel, Chuj, Mam y Q´eqchi´, sobrevivientes del conflicto armado interno, todas rurales y campesinas, argumentaron que “[e]n el contexto de la guerra el racismo adquirió su máxima expresión, llegando a constituirse en genocidio”.[7]

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Esta investigación y los informes de la CEH, (1999) y del Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI, 1998), aportan valiosos análisis sobre la extrema crueldad en que fueron cometidas la violación y violencia sexual contra las mujeres mayas durante el conflicto armado interno. Antes de cometer las masacres, las mujeres fueron torturadas, violadas y sufrieron vejámenes sexuales a manos de agentes del Estado de Guatemala. También hubo muchos casos en que cuerpos mutilados y desnudos de mujeres mayas fueron abandonados en espacios públicos de las comunidades: caminos, montículos, entre otros.

Con esos niveles de barbarie humana, sin duda, la Política de Tierra Arrasada fue una estrategia de exterminio humano extremadamente cruel. Por ende, es imposible negar que el Estado guatemalteco institucionalizara una política militarista, racista, sexista y clasista contra las mujeres mayas y sus pueblos.

A pesar que el 29 de diciembre de 1996 se firmaron los Acuerdos de Paz, el conflicto armado interno dejó más de 200,000 personas fallecidas y aproximadamente 45,000 personas desaparecidas. Se estima que hubo un millón de personas desplazadas internas; asimismo 200,000 se organizaron en comunidades de población en resistencia (CPR) en las montañas guatemaltecas y aproximadamente 400,000 personas se exiliaron en México, Belice, Honduras, Costa Rica y Estados Unidos.[8]

Después de la firma de los Acuerdos de Paz, las y los sobrevivientes y testigos mayas, empezaron a recorrer los difíciles caminos para buscar justicia por las graves violaciones a sus derechos humanos que padecieron a manos del Estado guatemalteco a través del Ejército, durante los más de 36 años de conflicto armado interno.

En el año 2001, la Asociación para la Justicia y la Reconciliación (AJR), con el acompañamiento del Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos (CALDH), interpuso una denuncia legal contra el general golpista José Efraín Ríos Montt y su alto mando militar, por los delitos de genocidio y delitos contra las deberes de la humanidad, cometidos contra el Pueblo Maya Ixil cuando fue presidente de facto del 23 de marzo de 1982 al 8 de agosto de 1983.[9]

El acompañamiento que han brindado el Bufete Jurídico de Derechos Humanos, AJR, CALDH y otras organizaciones de derechos humanos a las y los sobrevivientes del Pueblo Maya Ixil ha sido fundamental para el fortalecimiento de su lucha por la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación digna e integral.

A pesar del litigio malicioso por parte de los abogados defensores de los militares José Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez que se empeñaron en poner obstáculos legales para que el juicio no avance. Por fin, el 19 de marzo de 2013, se inició el primer debate oral y público en contra de Ríos Montt y Rodríguez Sánchez, acusados por genocidio y delitos contra los deberes de la humanidad.

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El 2 de abril de 2013, diez mujeres Maya Ixil narraron ante el Tribunal de Mayor Riesgo A, los horrores que vivieron a manos de agentes del Estado de Guatemala. Es de reconocer la fuerza y el espíritu inquebrantable de estas valientes sobrevivientes que:

“tuvieron la valentía de sentarse frente a quienes las deshumanizaron e intentaron exterminar (…) sus cuerpos y sus vivencia, consiguiendo explicar con sus palabras, al Tribunal y al mundo entero, el horror, relatando las más extremas formas de crueldad a las que fueron sometidas durante el conflicto”[10].

El 10 de mayo de 2013, el militar retirado José Efraín Ríos Montt, fue condenado a 80 años de prisión: 50 por genocidio y 30 por los delitos contra los deberes de la humanidad. Esta sentencia histórica que fue dictada por el Tribunal A de Mayor Riesgo, presidido por las juezas Yassmín Barrios Aguilar, Patricia Bustamante García y el Juez Pablo Xitumul de Paz, fue anulada el 20 de mayo del mismo año por la Corte de Constitucionalidad. Este dictamen deja el claro mensaje que en Guatemala no hay independencia judicial.

Sin embargo, vale la pena señalar que esta decisión no fue unánime, pues tres magistrados votaron a favor de la anulación de la condena y dos estuvieron en contra. La magistrada Gloria Porras y el magistrado Mauro Chacón, apoyaron la sentencia histórica emitida por el Tribunal A de Mayor Riesgo y razonaron su voto contra ese absurdo fallo. Esto muestra que en Guatemala hay profesionales del derecho que aplican la justicia de manera imparcial tal como se establece en la Constitución Política de Guatemala.

Sin embargo, como argumentó la abogada Paloma Soria Montañez, “el proceso que condujo al procesamiento y la condena de Ríos Montt en Guatemala se ha convertido en un referente internacional que merece ser analizado. La sentencia a pesar de haber sido revocada por un tribunal superior, constituye la primera vez que se condena a un ex jefe de Estado por crímenes de naturaleza sexual y de violencia de género, [yo agrego violencia racista] ocurridos bajo su mandato, tales como genocidio y crímenes de guerra.[11]

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[1] Reina, Carmen. El caso Sepur Zarco. La búsqueda de la verdad y la justicia por violencia y esclavitud sexual contra mujeres indígenas durante la guerra interna. Pág. 40. En: Memoria y Verdad: territorios en disputa. El Observador. Análisis alternativo sobre política y economía. Año 10, Nos. 45-47. Diciembre 2014 – febrero 2015.

[2] Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH). Guatemala Memoria del Silencio. Capítulo II: Las violaciones de los derechos humanos y los hechos de violencia. Tomo III. 1999. Pág. 13-49.

[3] Ibíd. Pág. 23

[4] Ibíd. Pág. 24

[5] Ibíd. Pág. 24

[6] Fulchirone, Amandine et al. Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado interno. Pág. 141. Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP), Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG). Guatemala, noviembre de 2009. Primera edición.

[7] Ibíd, 148.

[8] Ibíd.

[9] Boletín 1. Primer Juicio por genocidio en Guatemala, un largo camino recorrido. Versión PDF, 14 de marzo de 2013.

[10] Soria Montañez, Paloma. Estrategias para la búsqueda de justicia por crímenes internacionales de género: el caso Ríos Montt. Pág. 85. En: Anuario de derechos humanos, ISSN 0718-2058. No. 10, 2014. Pp. 81-90.

 

[11] Ibíd. Pág. 82.

 

Mujeres , Genocidio y Violencia Sexual

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Aura Cumes*

Me pidieron hablar sobre la violencia sexual evidenciada en la sentencia por genocidio, voy a abordar el tema un poco más allá del ámbito jurídico, soy antropóloga, no conozco el ámbito jurídico entonces, mi visión se expande hacia el lado de la antropología.

Lo primero que quiero decir, es que escuchar a las mujeres narrar con voz potente, con claridad, dignidad y serenidad, ante un tribunal, la terrible experiencia de violencia sexual vivida durante la represión política, no solo fue un acto de valentía, sino fue además una manera impactante de remover las poderosas estructuras de la memoria oficial dominante, que niegan su verdad, la verdad de estas grandes mujeres y del Pueblo Maya. Finalizados formalmente los años de la represión política en que se cometió genocidio, lejos de entrar en un proceso de justicia, de reparación a las víctimas, de elaboración del duelo y de construcción de la memoria, hubo prisa por silenciar lo que pasó, hubo prisa por organizar mecanismos de olvido y de impunidad. La misma firma de la paz y el multiculturalismo fueron secuestrados y utilizados convenientemente desde el poder para producir formas de olvido, a partir de un discurso superficial de la convivencia.

Pero lo que hacen las mujeres con su impactante presencia, con su verdad serena, clara y digna, es recordarnos que la memoria oficial tiene límites. A pesar de que el silencio ha sido impuesto a través de una continuidad de la violencia, mediante una culpabilizarían sistemática de las víctimas, o por mecanismos de indiferencia hacia quienes no fueron consideradas plenamente humanas, las mujeres dicen, “aquí estamos”, “callamos pero nunca olvidamos”. Las mujeres que testificaron nos recuerdan que silencio no es lo mismo olvido. Esto confirma que los largos silencios sobre el pasado, son tantas veces mecanismos de protección ligados a la necesidad de vivir, de encontrar un modo de existir incluso en ambientes en que se debe convivir con los victimarios o los perpetradores de los crímenes, como pasa con la gran mayoría de mujeres que sufrieron violencia sexual durante los años de la represión política orquestado por el Estado guatemalteco.

Por esto, me parece que el juicio dio a las mujeres el derecho a ser público un sufrimiento llevado en soledad. Al hacer públicos los hechos, se ha sacado la violación sexual de la esfera de la intimidad, de la vergüenza y de la individualización, para ser colocada en el lugar del delito y de la búsqueda de justicia. Debido a esto, las palabras de las testigas, como de otras mujeres que sufrieron situaciones similares, merecen ser escuchada con detenimiento y responsabilidad. Digo esto porque, desafortunadamente cuando se trata del sufrimiento narrado por las mujeres hay una tendencia a no querer escucharlas. Pero la experiencia de las mujeres, tanto de quienes sufrieron violencia sexual, como otras formas de tortura y asesinato, es absolutamente central para entender el genocidio cometido en este país. Es decir, lo que ocurrió a las mujeres, no fue un problema aislado contra las mujeres, fue una forma de doblegar a las mujeres y con ellas al Pueblo Maya. Por esto mismo, tampoco es solo un problema exclusivamente relacionado al patriarcado, porque el genocidio fue un gran momento de re-colonización. Patriarcado y colonialismo, sexismo y racismo se combinaron perversamente para normalizar y cubrir de impunidad los hechos sistemáticos y extendidos de violencia sexual cometidos por el ejército, patrulleros y comisionados militares contra las mujeres mayas, especialmente rurales. Hay extraordinarios estudios realizados sobre la función del sometimiento de las mujeres, en conflictos, en guerras, en masacres, pero lo que ha ocurrido en Guatemala, con toda seguridad tiene sus propias características que necesitan ser explicados con detenimiento.

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No estoy diciendo nada nuevo, pero me gustaría reiterar en tres puntos para reforzar lo que otras mujeres, analistas del problema de violencia sexual y activistas feministas han dicho tanto aquí en Guatemala, como fuera del país.

  1. ¿Por qué se viola a las mujeres en las guerras? Como en la mayoría de guerras, en Guatemala la violencia sexual fue un arma eficaz para buscar someter, humillar y derrotar al “enemigo”. De acuerdo a las evidencias, que cada vez aumentan, la violencia sexual fue una práctica recurrente, sistemática y extendida, más aún en los primeros años de la década de los 80s. En tal sentido se puede afirmar que fue un arma eficaz de contrainsurgencia. Es decir, se utilizó para debilitar y destruir el tejido social comunitario de la población civil, especialmente de las comunidades indígenas, consideradas la base potencial de la insurgencia. Si nos preguntamos ¿por qué se viola a las mujeres en las guerras? encontraremos que en las respuestas se mezclan distintas lógicas. En primer lugar, una manera de asegurar la sumisión de las mujeres, es atacando los referentes femeninos de su cuerpo, recordándoles que no son dueñas de sus propios cuerpos. De esta manera la violación es vivida por las mujeres como un acto de deshonra y de vergüenza, códigos que son compartidos por la comunidad cuando ésta está atravesada por lógicas patriarcales. Por eso, el violador sabe, o espera, que lo primero que obtendrá con la violación es el silencio de la víctima (Segato, s.f). En segundo lugar y unido a lo primero, cuando se viola a las mujeres se busca doblegar, desmoralizar y derrotar al grupo que está siendo sometido. La violación contra las mujeres, es un desafío a la masculinidad y a la hombría, cuando se piensan los cuerpos de las mujeres, como territorios que pertenecen a los hombres. Mediante la violencia sexual contra las mujeres, se busca castrar simbólicamente a “sus hombres” o se les hace sentir impotentes. En tercer lugar, si la violación es vivida como actos individuales de deshonra y de vergüenza, se despolitiza lo que el dominante ha impuesto como un arma política de destrucción de un grupo, de una comunidad o de un pueblo. Así, los hechos de violación tienen eficacia para dividir, para restarle fuerzas y afectar la cohesión de tal grupo, comunidad o pueblo.

Cuando escuchamos el testimonio y las historias de las mujeres Ixil y de otros pueblos, ellas narran cómo además de soportar en silencio la violencia sexual y sus terribles efectos, debieron enfrentar la culpa y la humillación de sus propios vecinos, familiares y victimarios. Esto nos habla claramente de por qué la violación funciona para quienes la planificaron. Si, frente a una mujer violada hay murmuraciones, chismes, culpabilidad, se rompe la confianza y la cohesión familiar y comunitaria. Como he dicho, la violación llega a tener una gran efectividad cuando es tratada como un acto íntimo de deshonra y de vergüenza, mientras ha sido cometida con una intención política, como un crimen de guerra. Los sentimientos de vergüenza y de deshonra para las mujeres y sus familias desvía la atención, porque los perpetradores quedan sin ser vistos e igualmente se ocultan los fines políticos de tales hechos. Por eso, muchas analistas y activistas insisten en que la violación no es un asunto individual, no es un crimen de motivación sexual, como dice Rita Segato (s.f). Y no es crimen de motivación sexual porque quienes violaron no lo hicieron motivados por deseos sexuales individuales incontrolados, sino para demostrar poder, someter, controlar y exterminar. La violencia sexual es entonces un crimen de guerra, un crimen político, una violencia genocida, y como tal debe también ser tratada. Reitero que la violación es eficaz cuando quienes la planifican, entienden lo que significa para quienes son violadas y su entorno. Hay códigos compartidos alrededor del tabú y del silencio. Por todo esto, la violencia sexual no debe ser personalizada e individualizada, no debe tratarse como una afectación a la intimidad de las mujeres solamente, porque cuando esto pasa, se despolitiza un problema que es político.

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  1. ¿Cómo entender lo que ocurrió a partir de examinar a los perpetradores directos de los crímenes sexuales? Como dice Mahmood Mamdani (2003), entender no significa disculpar, sino comprender como los victimarios –militares, patrulleros y comisionados- se convirtieron en agentes capaces de cometer actos de extrema crueldad contra mujeres y niñas mayas. Las mujeres sobrevivientes y quienes solo pueden testificar a partir de sus cuerpos mutilados, nos muestran que los perpetradores trataron de demostrar que no tenían límites. Cualquier regla que en las guerras protege a niñas, niños y mujeres, fue invalidada por quienes dirigieron y materializaron la represión política en este país. Escuchar el testimonio de las mujeres significa oír cómo los victimarios fueron despojados de todo sentimiento de compasión frente al dolor y el sufrimiento que provocaban. Esto significa que los victimarios tuvieron un entrenamiento político o doctrinario que premiaba los comportamientos insensibilizados frente a la crueldad; cualquier forma de tortura y de terror fue válida contra quienes fueron producidos como “el enemigo”. Así la violencia política en Guatemala fabricó una masculinidad depredadora que llevó al extremo los niveles de machismo, racismo y discriminación de clase que se vive “en tiempos de paz”. El patriarcado como marco de análisis nos ha dado muchísimas herramientas, pero tiene límites, cuando no se cruza con otras herramientas que nos permitan ver como se enlaza la violencia sexual con la racial-étnica y de clase social. Particularmente me pregunto, entre otras cosas, cómo se movilizó en los soldados indígenas, en los comisionados y patrulleros, sentimientos de auto-vergüenza y auto-odio que descargaron contra las mujeres mayas. No estoy diciendo que esa haya sido la motivación principal para cometer los crímenes, pero pudieron ser sentimientos que los facilitaran. Esto significa que la estrategia militar de contrainsurgencia depredó la propia humanidad de los hombres que cometieron los crímenes. Podríamos dejar de ver todo esto si así lo quisiéramos, pero si deseamos reconstruir la vida del Pueblo Maya, habrá que tenerlo en cuenta, por los efectos del adoctrinamiento militar en la destrucción del tejido social hasta la actualidad. Con toda seguridad, la violencia contemporánea contra las mujeres, está ligada a la violencia sexual permitida como arma de guerra durante los años de la represión política. En este sentido, me parece crucial preguntarnos ¿Cómo fueron producidos los perpetradores de la violencia sexual? ¿Cómo se entiende la actuación de los perpetradores mayas en el marco del adoctrinamiento militar contrainsurgente dirigido a destruir a los Pueblos Mayas? Me parece que este es un trabajo pendiente, pero fundamental.
  1. El genocidio como un mecanismo de re-colonización a través del cuerpo de las mujeres mayas. Aquí quiero brevemente contar un terrible episodio que nos narró don Jacinto Brito, principal de Nebaj, en una actividad realizada por Consejería en Proyectos en octubre pasado. En Xoloché, Nebaj, como ocurrió en tantas otras, a finales de 1982 el ejército llevó a gente reclutada de comunidades vecinas a tapiscar porque era tiempo de cosecha de maíz. El ejército dijo a los patrulleros que el maíz sería para ellos. Al terminar la tapisca, hicieron un volcán de mazorcas y tomaron a doña Elena una mujer anciana y ciega, muy respetada en la comunidad, a quien colocaron sobre el volcán de mazorcas y prendieron fuego. “Dos jóvenes quisieron rescatar a la anciana, corrieron para sacarla del fuego pero estalló una bomba que los soldados pusieron debajo de la ropa de la anciana…pero después, porque no hay un pensamiento bueno, pasaron la máquina, una carretera hicieron, revolvieron los granos de maíz…y el cuerpo de la anciana” (PCS, 2013). Máximo Bá Tiul quien moderaba la mesa donde habló don Jacinto Brito, reflexionó sobre cómo mientras el Popol Wuj narra la relación directa que las mujeres tienen con el maíz, como símbolo poderoso de la existencia y de la vida del Pueblo Maya, el ejército también las enlaza en la muerte, en la destrucción y en el genocidio. De hecho, para destruir a las comunidades mayas, el ejército buscó profanar lo que es sagrado, profanó el maíz como profanó el cuerpo de las mujeres. Como parte de una pedagogía de la destrucción y de la extrema crueldad (Segato, s.f), entrenó y obligó a muchos hombres a exterminar con sus manos lo que formaba parte de su vida. El involucramiento de las mismas víctimas, es una estrategia de guerra que otorga impunidad, porque permite culpar a las víctimas. Por eso, quienes dirigieron las operaciones de contrainsurgencia en este país, deben ser juzgado por atentar contra la existencia del Pueblo Maya a través de la destrucción y de la muerte causada a tantas comunidades, familias y personas civiles. Discutir el genocidio implica también discutir la violencia colonial re-articulada durante los años de la represión política y como sistema actual, a partir de colocar en el centro la experiencia de las mujeres mayas. 

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Quiero concluir diciendo, que los crímenes cometidos en el cuerpo de las mujeres, deben ser quitados del lugar de la vergüenza, del tabú y del silencio. Estos no son crímenes de naturaleza sexual nada más, sino son crímenes de genocidio. No debemos hablar de la violencia sexual en voz baja, sino debemos denunciarla con voz potente, porque en cada mujer violada y masacrada hay un crimen contra el Pueblo Maya y contra la humanidad. La justicia para cada una de estas mujeres significa dignificar también al Pueblo Maya. Treinta años después de cometidos los hechos convergen razones para romper el silencio. Si lo primero que se busca garantizar con la violencia sexual es silenciar a las mujeres y fragmentar a las comunidades mayas, haber hablado es un actor de irrupción de gran importancia histórica. Para cerrar, reitero lo dicho al inicio, las mujeres nos han mostrado que silencio no es lo mismo que olvido.

Bibliografía

Mamdani, Mahmood (2003) “Darle sentido histórico a la violencia política en el África Poscolonial” en: Istor Revista de Historia Internacional. Año 4 No. 14. CIDE, México.

Brito, Jacinto (2013) Genocidio y trabajo comunitario por la memoria. Ponencia presentada en Congreso Mesoamericano de Pueblos Indígenas, Genocidio y Despojo, Resistencia y Memoria, PCS, Guatemala.

Segato, Rita (s.f) Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. Disponible en: http://www.scielo.br/scielo.php?pid=S0102-69922014000200003&script=sci_arttext

*Aura Cumes (Kaqchikel, Chimaltenango, Guatemala). Sus intereses de investigación y de acción política giran en torno al análisis de las relaciones y formas de poder y de dominación experimentadas en sociedades fundadas en una historia de colonización como la guatemalteca. Es desde la problematización del hecho colonial que lee las múltiples y entrecruzadas formas de poder y de dominación como el patriarcado, el racismo y el sexismo y las nociones político-analíticas de género y cultura. Doctora en Antropología Social por el CIESAS, México DF. Ha sido investigadora y docente del Área de Estudios Étnicos y el Programa de Género la FLACSO Guatemala. Coeditora de La encrucijada de las identidades. Mujeres, feminismos y mayanismos en diálogo (2006) y de la colección Mayanización y vida cotidiana. La ideología multicultural en la sociedad guatemalteca (2007). Autora de múltiples artículos publicados en revistas nacionales e internacionales.

**Ponencia presentada en las actividades del aniversario del primer año de la Sentencia por Genocidio , realizadas por CALDH y AJR. presentada en está página como Colaboración Especial de la Autora para Grupo de Mujeres Ixchel.